Una Oda a las Bestias

La paradoja más extraordinaria que he vivido en mi vida, sucede aquí mismo. En el país más detestable del mundo entero (a partes iguales con Israel) es donde comprendí que no puedo hablar de mi, si no hablo de los otros, si no hablo de la tierra, si no hablo de la psicología, de los sueños, si no hablo de la cultura o del lenguaje, si no hablo de las bestias más hermosas que existen: los animales. 

Habiendo crecido en la costa mediterranea de Castellón, en un pueblo pequeño, de clima moderado pero bastante seco en cuanto a vegetación -que efectivamente afecta a la fauna de la zona- los pocos animalitos con los que se convivía eran gaviotas, peces, cangrejos, lagartijas, serpientes pequeñas, algunas pocas tortugas terrestres, cigalas, pájaros “normales” diminutos, algunas palomas, etc. El animal más grande y salvaje que se encuentra es el jabalí. En las carreteras hay señales que advierten de ciervos, pero no recuerdo haber visto uno en toda mi vida. Recuerdo vivir con la esperanza de cruzarme con alguno. Seguramente si hubiera ido más al monte me hubiera encontrado con grandes aves rapaces. Una vez vi un buitre gigante que se debió de haber perdido o escapado de algún santuario. En el mar, muy de vez en cuando, he visto delfines. La última vez que estuve en mi pueblo, durante un verano ajetreado y lleno de turistas cada vez más insoportables, mientras remaba en el mar tranquilo, lejos de todo ruido, vi una tortuga muerta, putrefacta. He visto anguilas, tintoreras (tiburones enanos), medusas, calamares, sepias, estrellas de mar, erizos y, en una ocasión, cuando todavía era pequeña, vimos un cachalote muerto en la orilla de las dunas de piedras blancas. El olor más fuerte de mi vida, que recuerdo con tristeza. Fue uno de los acontecimientos del año. Todo el pueblo fue a ver a aquel ser gigante que venía de un mundo lejano, misterioso y desconocido. A pesar de los los niños y niñas crueles, que le lanzaban piedras y gritos en forma de risas nerviosas, se podía percibir en ellos la enigmática admiración que sentían. Lo que pasa cuando vives cerca del mar es que te pasas la vida mirando al horizonte. Quizás por eso soy tan pensativa y soñadora. Quizás por eso he acabado dedicándome a un trabajo tan introspectivo como el de trimmer. El mar es infinito y eterno como también lo es la mente. Y el mundo en el que vivo, es cruel, apestoso e injusto. 

Recuerdo trepar una pirámide hecha de cuerdas rojas que estaba en la playa, construida para que jugaran los niños (turistas, claro) . Me subía hasta arriba del todo, en la punta, donde me sentaba agarrada al palo de metal frío que sujetaba toda la estructura. Iba en invierno, de noche, cuando sabía que no habría nadie que interrumpiera mis ansias de desaparecer. Me escapaba de casa o del aburrimiento, me sentaba con el silbido del viento de poniente entre los tubos de los barcos y con el tintineo metálico de las cuerdas en los mástiles de los veleros. Una música siniestra si no fuera por el sonido suave del mar Mediterráneo, con el que meditaba, lloraba, hablaba y, seguramente también rezaba. Ojalá recordara aquellos deseos que pedí. Aunque en realidad no importa. En aquel entonces no entendía tanto como ahora, que el viento y el mar, a diferencia de los seres humanos, saben escuchar y tienen memoria. 

Es solo aquí que aprendí que es lo mismo que el mar te escuche, que que te escuches tú a ti misma. Comprendí que si contamino el agua del río, me contamino yo también. Que si ensucio el bosque, también ensucio mi alma. Antes sabía que contaminar estaba mal. Siempre fui bastante ecologista. Yo era la niña del colegio que obligaba a los otros niños a tirar el envoltorio de sus bocadillos en la basura. Mi tema para el trabajo de fin de curso fue el reciclaje. Y me enfurecía ver a los conductores tirar por la ventana la mierda de lata de cocacola. En realidad sigo siendo la misma. Lo único que ha cambiado es que ahora entiendo mejor la relación de todas las cosas. La entiendo desde el corazón. Y esto es en parte gracias a los animales. 

Creo que soy como el mar. Sueño mucho con olas. Ellas me indican mis niveles de ansiedad. A veces sueño que un tsunami está a punto de llegar y yo corro hacia adentro de la tierra. Otra veces estoy en un patinete  acuático surfeando una ola con dificultad. Otras estoy en las rocas, entre la playa y el mar, y las olas rompen en las rocas donde me encuentro. Pero una vez, hace unos dos años, después de una experiencia muy traumática y de pasarme meses de aislamiento y de constantes pesadillas por la noche, tuve un sueño hermoso. Me encontraba en una playa paradisíaca con mi amigo del alma, mi Maurino. Estábamos contemplando un atardecer hermoso, bajo unos árboles tropicales. A nuestra izquierda había una duna. Y a la derecha un paseo marítimo pequeño y con tiendas para los turistas. De repente vino una ola grande que pasó por encima de la duna y la corriente se me llevó. Maurino logró rescatarme. Me tendió la mano y me tiró hacia él. Me había asustado un poco pero estaba entusiasmada por lo que había experimentado. Le pregunté: - ¡Oye! ¿Has escuchado?-. Él me dijo que no. Le dije que el agua de la ola tenía música. Apareció una gringa turista, con pareo y con la piel quemada por el sol. Escuchó lo que yo le dije a Mauro y se arrodilló en la tierra, alabándola con sus brazos como hacen los musulmanes. Decía que el agua hablaba. Que por eso ella seguía en la isla. Que el agua le cuenta historias antiguas, sabias, bellas y profundas. El agua canta melodías. Las sirenas son el agua cantando. El canto siniestro de las sirenas son susurros revelando los secretos ancestrales del planeta tierra. 

Desperté. Desperté contenta por haber sido mi primer sueño bonito después de tanto tiempo. Tuve el presentimiento de que estaba al final del principio de aquel tormento. Pero ahora sé que aquello fue el principio de algo que no tiene final. 

Aquella semana tenía una reunión con mis rogue writers queridos en el centro cultural de Williams. No sé muy bien por qué llegué dos horas antes, pero en todo caso, me puse a ver los libros de las estanterías, cuando uno de ellos llamó mi atención. Se titulaba “El río que canta, donde los sauces crecen”. Y pensé. “¡el agua que canta!” Corrí a sentarme en el sofá y leí la contraportada. Decía que era el diario personal de una niña llamada Opal Whiteley, que creció a finales del 1800, en Cottage Grove, un pueblito que está a tan solo dos horas norte de Williams. Opal tenía una conexión muy especial con los animales y la naturaleza. Podía escuchar la canción del riachuelo y hablaba con los animales. Tenía más amigos animales que niños. Entre ellos se encontraba un perro, un cuervo, un cerdo, una vaquita de la que salía poesía de sus huellas, un ratoncito que escondía en los bolsillos cuando iba al colegio porque el pobre era muy tímido, y un gato con el que no conseguía conectar. Experimenté la ilusión que siente una niña pequeña cuando descubre un tesoro, aparentemente insignificante para esos seres llamados “adultos”. 

De todas formas no quiero ocupar mucho tiempo hablando de ella. Recomiendo mucho su diario. Está escrito en un lenguaje mágico y/o infantil. Con los años y con la invención de patologías psicológicas, cuando se hizo mayor, la diagnosticaron con esquizofrenia. Es una historia para reflexionar, no solo sobre la llamada “esquizofrenia”, sino también sobre nuestra relación con la tierra y con los animales. 

Aquel mismo día le conté a mi amigo John sobre el sueño y el libro. Me dijo que el sueño le hizo pensar en Kauai y me sugirió que fuera. Que él tenía un amigo que me podría prestar una minivan. De inmediato llamé a mi jefe y le pregunté cuando empezábamos a trabajar. Me dijo que en dos semanas, asi que me fui para Kauai. 

La idea de la muerte empezó antes de que yo llegara a Kauai. Ya cuando estaba en el avión no podía dejar de pensar en que nos íbamos a estrellar y que me iba a morir y que mi familia no me vería nunca más porque mi cuerpo muerto andaría por el Pacífico flotando. El aterrizaje fue terrible. Pensé que íbamos a explotar y que solo podrían reconocer mis manos por los tatuajes y por que nunca he tenido uñas, sino muñoncitos. Pero gracias a la vida todo fue bien y solo tuve que agarrarme con fuerza al brazo de la señora que tenía sentada al lado. 

Al fin pisamos tierra y en los pasillos del aeropuerto habían fotografías de lugares encantadores y de la excursión de Kalalau, la única actividad que deseaba realizar sí o sí. Era un paseo de once millas, entre acantilados y selva, que llevaban a una playa paradisíaca que se llamaba Na Pali. Empecé a tranquilizarme y sonreí. Cuando salí al exterior a esperar al amigo de John que pasara a recogerme, con el calor y el olor característico del calor de los lugares tropicales, me fumé un cigarrito al sol. Vi una paloma blanca sobrevolando un cielo cada vez más nublado y primero pensé en la paz, pero luego me atormentó la idea de la muerte. Pensé en las palomas blancas que sueltan a veces en los entierros de algún militar, y me aterroricé. ¿Qué me pasa? No era normal. Pensé que era debido a mi reciente sedentarismo en Williams y me limité a esperar y a mirar las decenas de gallos y gallinas que habían por todas partes. Y, al fondo, el oceano. 

Al fin llegó el amigo de John. Muy guapo, por cierto. Y me llevó al supermercado en donde no me podía creer los precios desorbitados de absolutamente todo. Pensé que iba a alimentarme de pan y latas de sardinas. Y así lo hice. A fuera se puso a diluviar y nos fuimos a un mirador a esperar que parara la tormenta. Allí me señaló las montañas del Norte y las contemplé con ojos curiosos. 

Pero por fin, esa noche, después de tomarnos unas cervezas, me despedí, me subí a la mini van, que venía equipada con una cama, manta, almohada y olor a sal, y puse rumbo hacia la playa de Anini. Me dormí escuchando el sonido de las olas tranquilas del arrecife de coral y desperté como si hubiera rejuvenecido siete años. Estaba tranquila. No se me había olvidado lo que era viajar y sentí otra vez, después de tanto tiempo, la libertad de moverse como un pajarito, de aquí para allá, siguiendo nada más que el camino del instinto. 

Estuve dos días recorriendo la costa Norte, en donde vi tortugas, tomé el sol, me lavé el cuerpo en ríos y dormía con el sonido de la lluvia o el mar. Era tal la emoción, que hasta lloré con la canción “somewhere over the rainbow”… 

Una tarde me fui a una playa de acantilados verdes, en donde hilos de agua bajaban por las comisuras de las montañas. Me puse a escribir cartas postales a mis abuelos y a mis padres y casi que me parecieron más cartas de despedida que de un saludo. Sentí a la muerte bailando atrás de mi con los ojos cerrados y serenos, con una falda de flores hawaianas y dos cocos en las tetas. “La muerte es una mujer”, pensé. Las nubes llegaron y con ellas la lluvia del atardecer. Tuve que correr a refugiarme en el coche y, como estaba oscureciendo, arranqué en busca de algún lugar en el que pudiera pasar la noche. Cada vez llovía más, los parabrisas casi que no daban para apartar el agua de mi vista, la carretera estaba oscura, sin farolas y, en todos los huecos en los que podría haber estacionado había una señal que lo prohibía. Así que subí y subí, esquivando baches en la carretera, que cada vez se iba haciendo más estrecha, hasta que llegué a un parking grande, en donde había varios coches, pero ninguna alma humana. Tuve un largo escalofrío. Una vez aparcada apagué todas las luces del coche por miedo a que me vieran los fantasmas. No había señal, pero logré abrir google maps y ver en qué punto estaba de la isla. Sorpresa fue la mía cuando me di cuenta de que estaba en el parking de Kalalau, la excursión que tantas ganas tenía de hacer. Así que no me quedó otra que hacerlo al día siguiente, bien temprano para que no me vieran los rangers y me pidieran el permiso para pasar la noche en la playa de Na Pali. Preparé los sandwiches, que por fortuna había comprado el día anterior, y puse todo lo necesario en mi mochila de colegiala. Me lié un cigarrito, abrí la puerta corredera de atrás y me lo encendí. El viento soplaba fuerte, los árboles sonaban con las ojas chocando entre sí y la lluvia no cesaba. Pero allá al fondo, tímida, se descubría la luz de la casi luna llena. 

Le hablé a la montaña, que también era mujer. Así lo supe. Le pedí, por favor que no me matara. Que era joven y con ganas de vivir. Le juré que si no me llevaba con ella iba a aprender lo que me tenía que enseñar y que luego se lo iba a contar a la gente. Y con esto, con mi primer rezo consciente de la vida, en mitad de la tormenta, me fui a dormir con mis fantasmas. 

A las seis en punto de la mañana me despertaron dos hombres a los que escuché decir “venga vámonos ya, que no nos pueden ver”. Así que me desperté de un brinco, me lavé la cara, me vestí, me puse mis martins desgastadas, la mochila y salí de allí pitando. Sabía que me había olvidado algo pero me parecía que lo esencial lo tenía: agua, comida, crema solar, la hamaca para dormir, el neceser, papel de váter, una chaqueta impermeable, tabaco, el libro e incluso mi cámara, que ocupaba y pesaba lo que más. El día amaneció calmado y soleado. Se escuchaban los pajaritos del amanecer y yo no podía evitar dibujar en mi la sonrisa de una niña que sabe que va a descubrir algo nuevo. Pasé por una plantación de arroz, hábitat de las garzas, y a continuación vi una playa escondida detrás de unos pinos, en la que había una señal de unas focas hawaianas. Era una playa con arrecife de coral y el agua estaba plana como un lago. De vez en cuando se escuchaba el salpicar de algún pez o el canto de alguna gaviota madrugadora. Así de silenciosa estaba la mañana. Pero no quise entretenerme demasiado, ya que el camino era largo y debía conseguir llegar a la playa de Na Pali antes del anochecer. Empecé a subir por un camino estrecho y muy empinado durante media milla, que olía a tierra mojada y, de alguna forma, a hogar. Raíces cruzaban de un extremo al otro del camino. ¿Cuánto tiempo llevarán aquí? A veces servían de barandilla, y otras veces, para tropezarte -un recordatorio para estar alerta. Crecían variedades de plantas tropicales, de verdes intensos, entre las cuales se divisaban orquídeas rosas y blancas, elegantes, damas de la selva; heliconias rojas y amarillas vibrantes; pájaros del paraíso, naranjas y de puntas azules, una de las flores tropicales más bonitas que existe. Saqué la cámara de inmediato para retratar aquel espectáculo antes de encontrarme demasiado cansada. El sonido del viento que traía el oceano Pacífico se iba escuchando más cerca en cuanto más subía. Al fin llegué arriba de la cuesta y allí pude ser testigo de la belleza de la mujer montaña y del hombre oceano. Se veía la playa del inicio, a la derecha, tranquila y solitaria, y a la izquierda, las montañas de formas verdes onduladas provocadas por las lluvias torrenciales que se producían en la cima. Allí, en ese centro, llueve más que en cualquier otra parte del mundo, escenario de arcoíris constantes y cataratas largas y finas como los dedos de una bruja eternamente joven y bella. Tomé un instante para recuperar el aliento y para agradecerle a la mujer montaña que me hubiera regalado un día tan radiante. A partir de allí empecé a bajar y el camino siguió sin muchas cuestas. Tenía el oceano a mi derecha, y la montaña y la selva, a mi izquierda. Ahora me sentía fuerte y enérgica y quise bailar con el viento fuerte, dando brincos de cabra y parándome de vez en cuando a tomar fotografías de detalles y paisajes. Cuando completé las dos millas, crucé un río de corriente fuerte que desembocaba en una playa y luego me comí un mango y me fumé un cigarro. Cuando acabé, me puse en pie y a unos metros vi señalizaciones. Había dos caminos marcados: uno de cuatro millas, que llevaba a una cascada, y el otro era el paseo de Kalalau. Miré la captura de pantalla que hice del mapa y vi que hacia la izquierda se llegaba a una cascada y luego se seguía el camino de Kalalau, así que pensé que tenía que ir a la cascada que estaba indicada en el cartel, esperando que ese fuera el caso. Por si acaso hice esas dos millas rápidamente, saltando y moviéndome entre árboles y piedras como una serpiente, adelantando a toda la gente, la mayoría gringos, que vestían ropas caras y especiales para la ocasión. A pesar de mi poca forma física, la voluntad era grande. Me mantuve en constante diálogo con el entorno, el interior de la selva y el río, hasta que llegué a la cascada de Hanakapi’ai. Todavía no había subido el sol tanto como para iluminar el lugar, recogidito y reconfortante, rodeado de rocas volcánicas grandes, en donde me quité la ropa y la tendí para ver si así se secaba el sudor. El agua era cristalina y pura, pero no se podía ver el fondo pues el impacto del agua que caía con fuerza, creaba ondas que llegaban hasta mis pies y seguían río abajo. Me metí en el agua y nadé muy poquito, pues estaba tímida. Seguía sin querer interactuar con otros humanos. Observé a una mujer que había llegado descalza hasta allí. Se puso en una roca que había justo en frente de la cascada, lo suficientemente lejos como para no mojarse, y sacó una concha grande de caracol a la que le rezó unas palabras. Se tomó unos segundos y seguidamente sopló el caracol con energía. Su sonido acuático rebotó en las paredes mojadas y musgosas de aquel pozo de hadas. Nos envolvió como si nos encontráramos dentro de una burbuja. En ese espacio temporal, me acordé de la canción del agua. Sentí cómo se me erizaba la piel de la nuca y supe que estaba donde tenía que estar. Miré hacia arriba y me impresionó la altura y la grandeza de aquel círculo que formaban los muros majestuosos de la montaña. Y lo pequeña que era yo. Yo era una niña pequeña y la montaña, pensé, es una señora que,  por algún extraño motivo, me guía y me cuida.

Bebí el agua del río, me puse la ropa, me despedí de la cascada de Hanakapi’ai y bajé por el mismo camino, ágil y deprisa. El baño de agua fría renovó mi cuerpo y el sonido del caracol le dio empuje a mi alma. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan viva. Quise gritar de alegría. El sol empezaba a filtrarse por los árboles creando hilos de luz y sombras en el paisaje. Ya llevaba seis millas cuando llegué de nuevo a la playa donde me desvié del camino -habiendo sido finalmente el camino correcto. Hubiera hecho ya la mitad del paseo de Kalalau, pero no había recorrido ni una cuarta parte. La senda seguía el mismo patrón: se subía hasta llegar a un punto en donde habían vistas panorámicas de la costa y el oceano. Y se bajaba adentrándose en la jungla, más ensombrecida y silenciosa. Como la forma de las montañas era verticalmente ondular, aunque te adentraras a la selva, el acantilado y oceano siempre quedaban al lado. De vez en cuando había algún riachuelo de agua estancada. El terreno era bastante seguro pero de vez en cuando habían derramamientos que podían ocasionar resbalones y caídas al fondo del Pacífico. El paseo de Kalalau está considerado una de las excursiones más peligrosas del mundo. Se han muerto varias personas intentando llegar a la playa de Na Pali. Así que anduve rápida, pero alerta. No quise pararme hasta que llegara a la mitad del trayecto, pero  me tuve que hacerlo para comer algo porque sentía que me iba a desmaiar. Me terminé el agua y no encontré otro río hasta que llegué a la mitad de Kalalau, con las rodillas echas añicos, sudada, con ampollas enormes en los pies y deshidratada. Por suerte había una pareja a la que les pedí si me prestaban el filtrador de agua y así pude rellenar mi botella cutre de plástico. Cuando se fueron me deshice de la ropa y me metí en el río a quitarme el sudor y a recargar las baterías. Tenía que tomar una decisión: si me quedaba a pasar la noche allí o si seguía hasta el final. Mis fuerzas habían menguado y sabía que no podría caminar al mismo ritmo. Al otro lado del río se encontraba un grupo de amigos a los que les pregunté si creían que era posible llegar a Na Pali antes del anochecer. Un hombre, bien equipado y profesional del senderismo, con un tono confiado dijo que sí. Que si salíamos ahora, íbamos a tener incluso tiempo de sobra. Así que nada, le hice caso. Me vestí con la ropa todavía sudada y al ponerme las botas mi cara hizo una mueca de dolor. Las ampollas eran considerablemente grandes pero, aunque me hacían ver las estrellas, intenté no prestarles demasiada atención. Debía seguir y llegar a Na Pali. Me puse la mochila y me despedí del grupo de amigos, que arrancaron unos minutos más tarde. Como me había dado un baño, ahora se me habían enfriado las rodillas. A cada paso que daba éstas me temblaban y tenía que hacer un esfuerzo tremendo para no rendirme.

El camino siguió el mismo patrón hasta que llegué a una montañita de grava resbaladiza, sin nada a lo que agarrarse, en donde había una señal de “peligro de muerte”. Me desesperé. Caí de rodillas al suelo. No podía  creer lo que estaba viendo y volver no era una opción. ¡Ya faltaba poquísimo! Pero mis botas no estaban hechas para caminar por ese terreno de piedrecitas cabronas que , al mínimo error, me iban a arrastrar hasta las olas del Pacífico, que rompían con fuerza en las rocas. Pensé que la canción del agua me había traído hasta allí para morir. Por eso sentí a la muerte todo el tiempo, a mi lado, acompañándome. Era ella la que me había guiado. Pensé que qué hija de puta, que me podría haber avisado. Pero quizás me estuvo avisando todo el tiempo y yo decidí ignorarla con mis fantasías románticas. ¿Se puede escapar de la muerte? ¿Por qué la muerte sonríe y baila? ¿ A caso es cruel? ¿A caso es natural y espontánea? ¿Por qué le tengo miedo? ¿Por qué yo?   No pude hacer otra cosa que hablarle de nuevo a la señora montaña. Le volví a pedir que me ayudara a superar los obstáculos. Le recordé que iba a contarle al mundo lo que me tuviera que enseñar. Que amaba a la vida, que la amaba a ella, a los animales, a mi familia, a  mis amigues, a mi gato. Y que si estaba conmigo iba a hacerme amiga de la muerte, que ahora entendía que era lo mismo que hacerse amiga de la vida. Le agradecí que me estuviera escuchando y que me hubiera regalado tal camino tan hermosos. Me até bien las botas y seguí adelante.

Bajé por la montañita de grava casi que a cuatro patas. Resbalaba del diablo, ¡me cago en mi vida! Tuve que mantener la concentración e ir muy despacio. Me di cuenta de que si ponía los pies de tal forma, servía para amortiguar mi peso. Estuve con las rodillas bien flexionadas todo el tiempo. Aparentemente, dolían menos así. Si las estiraba me empezaban a temblar y eso era un riesgo que no me podía permitir. Estuve media hora así, concentrada en que mi cuerpo no me fallara. ¡Al fin llegué a bajo! Me dio un subidón de adrenalina y me puse a bailar con la muerte, cogidas de las manos. “Qué rara es la muerte”, pensé. Parece tan inocente, sin maldad…pero a la vez, si le da por llevarte al otro barrio, ¡se te lleva! “Es siniestra como un Pikachu”, pensé. Una vez celebrada la conquista, miré hacia adelante y, de nuevo no me podía creer lo que estaba viendo. Era un camino mucho más estrecho que el de todo el recorrido, que llegaba a unas rocas , que iba a tener que escalar. Miré a mi alrededor para asegurarme que ese era el camino y no otro. Pero ese era el único camino. Me parecía una broma macabra de la muerte. ¿Por qué eres así, tía? ¿Qué pretendes? ¿Que me muera? La muerte seguía bailando y sonriendo y yo le volví a pedir ayuda a la señora. Cuando llegué a las rocas, el ruido de las olas chocando en el muro sonaba como un trueno de los cielos. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Me inundaba el pensamiento la imagen mía aplastada en la roca. Pero no podía dejar que me dominara. Me dije a mí misma que podía atravesar el obstáculo. Puse las manos en la roca para ver si me podía agarrar bien de ella y, una vez comprobado, di el primer paso. Exhalé con fuerza y puse toda mi atención en dar los pasos correctos y cogerme de la piedra correcta. Estaba a unos quince o veinte metros, pero las olas eran tan grandes, que su impacto en las rocas salpicaban mis piernas. “No mires hacia abajo, no mires hacia abajo”, me repetía intermitentemente. Casi que parecía que era la señora la que hablaba. Me sentí con miedo, pero protegida, más segura. 

Al fin terminó el tramo de las rocas mojadas, pero esta vez no tuve fuerzas para bailar con la muerte. En vez, le dediqué una sonrisa cansada pero sincera. Ella estaba quieta, me miraba y parecía triste, de repente. No tardé en entender que aquella estaba siendo nuestra despedida. Sentí ternura al pensar que cuando me toque volver a verla, ella estará contenta de verme y yo a ella también, y nos daremos un abrazo en paz. “Adiós, querida amiga. Gracias por acompañarme un ratito”. Me di la vuelta y seguí andando sin mirar atrás. 

Ese último trecho del camino, a pesar de mis rodillas inflamadas y mi cojera, lo pasé disfrutando del paisaje. Ya no habían acantilados y ya se veían las montañas de la playa de Na Pali, que tantas veces había visto en internet. Era un atardecer hermoso y onírico, y un sentimiento de orgullo y amor me alcanzó el corazón. Me puse a llorar, no solo de dolor, sino de alegría. Me sentía como Jesucristo al llevar la Cruz a cuestas. Fue una redención, que no es más que un sacrificio por una salvación. Pensé que el agua, la muerte y la montaña, juntas me habían ayudado a comprender. Tuve que pasar primero por la primera cascada del caracol acuático para conocer aquel sentimiento. Una nueva puerta de la consciencia se abrió ante mi. Fue entonces que me acordé de todo el sufrimiento de ese último año, en donde lo peor de todo fue el juicio que me induje a mi misma. Las tres señoras, sabias, fuertes, valientes e infinitamente generosas, me mostraron cómo una se hace amiga de nuevo, no de la vida, sino con la vida. 

Continuará…


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